Saber que Mónica pretendía ingresar a un convento
fue una noticia mal recibida por la familia, creían que estas eran
prácticas de otras épocas, o en escape para las mujeres que no podían
conseguir marido, nadie se ocupaba de la vocación de servicio que sentía
la muchacha y en inmenso amos a Dios. Así que después de largo tiempo
de sufrir insultos, apenas cumplió los dieciocho años, se fue a
perseguir sus sueños.

Recorrió
varias ciudades, preguntado a la gente por conventos, y se acercaba a
ellos buscando el que fuera perfecto. Los primeros que visitó, distaban
mucho de la imagen que se había creado en su cabeza; clavados en medio
de la ciudad, con ciertos toques de lujo y llenos de estrictas mujeres
que rezaban todo el día, pero no ayudaban al prójimo.
Por unos momentos quiso regresar y abandonar aquella tonta idea,
pero, el destino la fue llevando por lugares insospechados, realizando
pequeños trabajos que le ayudaran a conseguir sustento y terminó en las
afueras de un suburbio, frente a una derruida construcción, rodeada de
campos de siembra donde se divisaban apenas unos bultos cafés moviéndose
entre la hierba.
Mientras
estaba parada ahí, repicaron unas campanas, y los puntos cafés que veía
dese la distancia, se incorporaron formando una fila y entonando bellos
canticos. ¡Eran monjas, monjas verdaderas!, como las de antaño, de las
que trabajan la tierra para alimentarse y compartir con los huérfanos
que cuidan con devoción, de esas que se alegran de servir, de esas que
aman al prójimo.
Así que
sus pasos le parecieron lentos para darle alcance a esa comitiva de la
que quería formar parte, llevaba tanta ilusión consigo, parecía
hipnotizada por el caminar tan ligero de las mujeres frente a ella, las
cuales parecían flotar en lugar de andar.
Por fin
pudo darles alcance, y quiso tocar a la última de las monjas en el
hombro, pero una anciana decrepita, le tomó la mano, advirtiendo que
todo aquello que veía no eran más que espectros, almas sin descanso que
permanecían ahí, sufriendo, repitiendo aquel fatídico día de su muerte,
en el cual un grupo de maleantes que huían de la justicia ingresaron al
convento, asesinaron a los niños para no compartir las provisiones con
ellos, y luego también se deshicieron de las monjas para tomar sus
hábitos como disfraces.
La chica
horrorizada por aquellas terribles confesiones se negó a creerlo, pero
al dar la vuelta hacia el sembradío, los vio cubierto de huesos y restos humanos…de
niño, tal como la vieja había dicho. La imagen era tan horrenda que la
chica no pudo resistirlo, salió corriendo sin dirección fija…
Algunas
personas dicen que se puede ver vagando por las calles con hábito de
novicia y predicando sobre el mal de la gente, gritando terroríficas
historias de tortura. Otros dicen que volvió después para unirse a
aquellas monjas con vocación, aun en la muerte pues la procesión que
veían los vecinos con tanto pavor, tienen un nuevo integrante.
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